SLOW MOV
SlowMov fue uno de los primeros lugares en el que se oyó hablar de Limones del Limonero. Quizá incluso se podría decir que todo empezó aquí. Anna y Lara hicieron un café en el lugar la primera vez que se vieron. Con Alina ya se conocían pero también un evento de café en SlowMov las reunió nuevamente. Este lugar, tiene algo que les atrae,  atrapa. Será el amor y la pasión que Carmen le ha puesto siempre al proyecto, será que el proyecto y todo lo que este aborda, está hecho desde el corazón y todos los productos que en él se encuentran, encajan perfectamente con lo que es también la esencia de Limones del Limonero, será que existen los flechazos y este, sin duda lo es… Porque lo que cuenta Carmen cuando se teje esta historia, sin duda, termina de enamorar al equipo. 

“ SlowMov surge de una necesidad vital en esos momentos de la vida en los que tras años involucrada en distintas actividades profesionales, viajes, cruces de personas… Te detienes y te observas. Sientes un cierto vacío. Buscas, como persona inquieta que eres, proyectos e ideas creativas y originales que te seduzcan, te pidan detenerte y quedarte con ellas. Eso me sucedió en un momento determinado de mi vida y decidí dejar el trabajo que aquí tenía e irme a París en busca de algo más. Lo que estaba haciendo aquí era “importante” pero no me sentía bien con ello; no me sentía realizada y necesitaba algo más, algo dentro de mí me pedía aire así que dejé lo de aquí y me marché a trabajar en un Doctorado en una universidad de París. Al cabo de un tiempo volví a sentir que me encontraba como en Barcelona y dejé el máster. Eso sucedía en un momento en el que no podía permitirme parar y pensar. Debía pagar el alquiler, debía seguir activa de algún modo y producir para poder sostenerme. Esto es algo que he visto y que resulta ser bastante generacional. Vivimos un tipo de vida que no nos permite pararnos para observar y ver qué camino seguir. No podemos parar ni que sea unos instantes para plantearnos si hacia donde vamos es realmente hacia el lugar o destino al que queremos ir. Si nos gusta lo que hacemos, si nos sentimos bien, si es eso lo que debíamos hacer. La rueda sigue y no podemos bajarnos de ella” nos cuenta Carmen.   

Es cierto que hoy en día, todos hemos de estar contínuamente haciendo cosas. No es que sea malo pararse o que lo bueno sea siempre hacer cosas sino que hay momentos de la vida en los que te das cuenta de que no vas por el camino que deseas realmente, no sabes hacia donde vas y necesitas parar para observar y ver si realmente eso es lo que quieres. Porque, en realidad, si sabes lo que quieres, si tienes un objetivo claro, puedes correr todo lo que quieras… Vivimos una especie de ansiedad por estar en movimiento continuo. Algo que nos perjudica porque nos hace perder tiempo muchas veces en caminos equivocados solo que tenemos que seguirlos y hacerlo para sostenernos. “Yo estuve durante mucho tiempo en esa situación. Además te sientes con “la obligación de…” porque tus padres han invertido en ti, en una carrera, un máster, estudios en el extranjero para aprender idiomas…
Pero por dentro se te mueven otras cosas. A mi siempre me gustó la cocina, la danza, el mundo del vino, el contacto con la tierra... pero para nada pensé nunca en ser cocinera. Por respeto al esfuerzo de mis padres, sentía que debía hacer otra cosa… Sentía como si elegir eso, fuera a bajar de nivel, de escalón. Esa idea. Una idea que tuve hasta que hice el click”. Algo que hemos vivido muchos, ciertamente... Somos una generación con cierta falta de anclaje. En un momento de tu vida has de decidir qué carrera estudiar y puedes optar por direcciones teniendo en cuenta las salidas que aquello puede ofrecerte más que lo que verdaderamente te gusta y apasiona.

Cuando estando en París, Carmen volvió a sentir ese movimiento en su interior, esa “crisis”, decidió marcharse un mes a Irlanda a casa de una amiga. Allí cayó en sus manos un libro: “Slow Dublín”. Antes de ese encuentro, ya había oído hablar sobre el “slow food” pero el concepto “slow” no lo había visto aplicado a otros sectores. Decidió ahondar en aquella guía y aprovechando el tiempo libre que tenía, siguió las propuestas del libro para visitar la ciudad. Una guía preciosa diseñada con gusto, tacto, tiempo y dedicación, empleando papeles distintos, texturas, cuidada y mimada. Ese contacto con una guía tan especial, la llevó a escribir a los editores y plantearles una para Barcelona. Al mismo tiempo empezó a buscar más sobre el concepto “slow” aplicado a otros ámbitos y poco a poco fue ahondando más en el movimiento. En paralelo, acabó volviendo a París, aún con un gran vacío en su interior, y se puso a trabajar en un café de especialidad del barrio en el que vivía. Trabajaban con Marzocco y fue entonces cuando empezó a aprender sobre el negocio del café. “Borra todo al respecto y desaprende”, le dijeron el primer día. Así hizo. En aquel bonito café de barrio se formó y acabó ejerciendo de responsable del local, encargándose de los caterings y aprendiendo a gestionar negocios. Algo que le vino perfecto para la creación de nuestro querido SlowMov.


Se formó con los grandes tostadores de café, en concreto entabló mucha relación con Coutume quienes le propusieron trabajar con ellos. Empezó de barista, en tueste y más tarde en oficinas. En aquella situación, en aquel momento de su vida, Carmen empezó a sentir una gratificante sensación de utilidad; sentía que su trabajo tenía sentido, algo que entraba en contradicción con lo que sentía hacia sus padres. “¡Qué iban a pensar! Su hija trabajando en un bar…”. Pero la fuerza del sentirse bien consigo misma, pudo más.
Existe otro tipo de restauración, otra forma de hacer las cosas, poniendo el foco y la atención en el hacer bien las cosas. Todo eso se fusionó, la sedujo y finalmente decidió hablar con Coutume explicándoles la idea de crear SlowMov. Un proyecto en el que quería reunir a toda aquella gente inspiracional con proyectos vinculados a productos de la tierra, hechos desde el corazón. Slow quería nacer para difundir y proyectar todo aquello que muchos estaban haciendo bien a nivel de producto (ecológico, sostenible, real, de la tierra) pero sin demasiada voz o proyección. Además por supuesto pondría (y pone a diario) en alza los valores del tueste del café de especialidad, haciéndolo a pequeña escala para asegurar el control de la calidad, manteniendo los sabores y/o potenciándolos, siguiendo la filosofía de lo pequeño, lo bien hecho y artesanal. SlowMov cree y defiende ese poder de hacer las cosas de otro modo. Simplemente necesitamos un poco de calma, ahondar hacia nuestro interior para observar, parar y darnos cuenta de lo que sentimos y deseamos hacer. Donde estoy, qué quiero, hacia donde quiero ir… y entonces una vez lo ves, caminas hacia ese lugar.

Cada café, cada gesto que se hace y se toma en SlowMov, está en consonancia con esta filosofía. Una pasión por hacer las cosas que quieres y que sientes del mejor modo posible. Un lugar que comparte sobre el buen café y los buenos productos y que además, potencia el trabajo de otros, generando contenido para darles visibilidad. Carmen sin duda es una curator de productos auténticos.